Marzo - Maria von Touceda

Un problema de lucidez

No es que mi padre sea un estúpido (que sí lo es), es que tiene un problema de lucidez.

Poco es el contacto que nos separa y mejor que así sea.

Un niño siempre espera que su padre diga cosas inteligentes, que dé buenos consejos, que sea coherente y esas cosas que hacen que exista amor, admiración y respeto.

En el caso de mi hermano y en el mío no podemos más que reírnos de las gilipolleces que el donante de apellido ha incrustado en nuestra memoria.

Me puse el “von” por Johann Bernhard Fischer von Erlach, en un delirio provocado por un examen de arquitectura barroca. Un “von” que me aparta un poco de un apellido que desde siempre he percibido que empezaba en mí y que por ahora terminaba con mi hermano. Esa es la única razón por la que sigo siendo un Touceda.

Recuerdo sus mentiras desde muy pequeña, que todos los regalos que habían faltado en mi vida me los había enviado y mi madre los había ocultado. Eso fue la respuesta a mi pregunta materialista e inocente que le hice al verlo y reconocerlo por segunda vez: “Si eres mi padre… ¿Dónde están todos los regalos de mi cumple?” Desde un principio sabía que me mentía y eso que yo tenía tan sólo seis años. Hay que ser muy estúpido para no poder engañar a una niña con unos argumentos algo más sólidos.

Recuerdo también como engañaba a su anciana madre el día de las elecciones, diciéndole que Fraga la había llamado personalmente por teléfono para que Paquita le votase. Metía también el voto del PP en el sobre y arrastraba a mi difunta abuela a votar en el Seminario Menor.

Me parecía el acto más atroz jamás perpetrado. Yo siempre he mamado de la teta izquierda y aquello era horroroso.

Eran días rancios.

Mentía sobre sus viajes a Singapur, sobre su Mercedes, sobre sus trabajos, sobre todo. Su vida era una mentira que pretendía dar lecciones.

Nunca ha estado cuando ha tenido que estar y cuando aparece no es más que para dar problemas.

Jamás he pasado más de un día y medio con él y en esas horas he comprendido la fusión de los relojes de Dalí. Ese tiempo desesperante que se alargaba cuando él esperaba a Gala, era el mismo tiempo infeliz que yo pasaba a su lado.

A mí ya hace mucho que me malgastó y a mi hermano, con sólo catorce años, también lo ha perdido por completo.

Dos hijos de diferentes madres que se llevan veinte años entre ellos, dos oportunidades que le ha brindado la vida para resarcirse como persona y dos oportunidades que ha desaprovechado.

Es el más grave problema de falta de lucidez que conozco. Incluso nuestro presidente, tan amado por mi pobre e ignorante padre que no es más que un trabajador, ese presidente que lleva a la deriva a este país, ese con esa cara que lo dice todo, incluso ese, pienso yo que quiere a sus hijos.

fotografía de Andrés Atiqueteimporta