Julio - María von Touceda
Me temía lo mejor
Las casualidades no existen, los mecheros eternos tampoco.
Zoe era muy maniática con la comida. No con los alimentos en sí, sino con la repetición de su ingesta. Sus compañeros de piso estaban cansados ya de ese tipo de paranoias. Dos meses comiendo ensalada de pasta, tres meses comiendo albóndigas con arroz y cinco meses llevaban ya con los yogures de coco. Esto último era lo más llevable. Hacía cuatro años se habían pasado nueves meses comiendo yogures de plátano. Algunos eran capaces de comerlos hoy en día, otros ya no. El coco era un sabor aceptable para todos. Seguirían así unos meses más hasta que alguien se enfadase en serio.
Una madrugada de un martes lluvioso Zoe se despertó del susto al soñar que no quedaban yogures en casa. Bajó corriendo las escaleras antes incluso de ir al baño y fue directamente a la nevera. ¡No había yogures! Volvió a la cama y no pudo seguir durmiendo, así que se levantó, se duchó, preparó café y fumando, esperó dos horitas más a que abriese la tienda.
En la puerta del supermercado se topó con un chico que iba en bicicleta. Tenía un culo como para morder hasta quedarse una sin dientes. Sólo lo vio por atrás pero se esperaba lo mejor.
La bici giró para aparcar y Zoe se quedó allí quieta en el medio de la puerta, mirando descaradamente a aquel chico.
Tenía la cara de lo que ella deseaba. Su mandíbula era grande y cuadrada. Tenía unos ojos verdes enormes enmarcados por unas cejas gruesas. Todo él muy masculino. Cuando se iba acercando a la puerta Zoe avistó también un hoyuelo entre aquella barba de tres días. Ella seguía allí quieta, mirando fijamente sin atisbo de vergüenza. ¡Qué grande era Zoe!
Claramente no pasó desapercibida y a ella se dirigió la mirada y la sonrisa más sexy que el ciclista se pudo sacar de la manga.
Entraron en el super. Ninguno de los dos sabía quien seguía al otro pero los dos iban juntos. Primer pasillo, las neveras, yogures, yogures de sabores, yogures de coco.
Cada uno con dos packs. Se tuvieron que besar, no hubo remedio a eso.
Corrieron a la caja e hicieron su primera compra juntos.
La casa de Zoe quedaba al lado del supermercado, así que los dos fueron andando juntos y en tres minutos ya estaban desnudos.
Zoe le miró la polla descaradamente a aquel yogurcito de coco.
- Me esperaba lo mejor.
Y así fue, un enorme rabo se levantaba atento a saludarla.
Las casualidades no existen y comer yogures de coco no está mal. Dicen que es un anhelo de tragar lefa, pero esas cosas Zoe no se las cuenta a sus compañeros de piso. Así les va mejor a todos.
Dedicado a mi amiga Arantza Ferris porque ella también es fan de los yogures de coco.

Imagen: Natalia y Santiago Barca Arias.