María von Touceda
Exageraciones las justas
Si estáis oyendo un cascabel es que estáis escuchando esta historia. Sí, en el llavero de las copias de las llaves de la casa de María había un cascabel.
María siempre aparecía por casa de sus vecinos a mediodía por si tenía que comprar algo o le tocaba cocinar ese día. Cuando no lo hacía, avisaba con anterioridad de que no iba a acudir. Sus amigos y vecinos se reían de ella porque no tenían necesidad ninguna de saber si venía o no. Jamás hacían planes y eso para María era vivir a lo loco.
Ese día María no apareció a comer y tampoco avisó, así que Andrés, extrañado, cogió la copia de las llaves de su casa y fue a visitarla por si le pasaba algo.
El sonido del cascabel anunciaba con una alegría insólita la escena más dantesca jamás vista por aquel chico.
Se abrió la puerta, ríos de leche atravesaban un pasillo lleno de jirones y sillas destrozadas. Andrés avanzó como pudo hasta la habitación de María. Estaba todo destruido y había sangre por todas las esquinas. El ordenador estaba partido en mil pedazos, el colchón apuñalado y con la espuma por fuera. Los cristales de la ventana estaban rotos, las cortinas quemadas… Patucas, la oveja de peluche de María estaba degollada. En su vientre había un tenedor clavado.
Toda la ropa estaba por el suelo mezclada con cuchillas de afeitar, vómitos y hojas arrancadas de sus libretas escritas.
María no estaba allí. Andrés horrorizado llamó a Isla por teléfono para que se acercase a ver y mientras gritaba por el móvil: “¡Qué vengas, hostia!”, descubrió un rastro de sangre que llevaba al baño. Abrió la puerta y se encontró a María con un pijama de Hello Kitty sentada en la ducha. Estaba empapada, el agua corría. No paraba de llorar y la sangre fluía de sus muñecas. Tenía la mirada perdida y temblaba.
—¿Qué pasó? —dijo asustado Andrés.
—Lo he visto, no te acerques.
—¿Qué has visto? ¿Qué pasa? ¿Llamo a una ambulancia?
En ese momento entró Isla en la casa. Se asustó al ver el percal y fue directamente al baño.
—¿Qué pasó aquí? ¡María está sangrando!
—No lo sé, no me lo dice - contestó Andrés.
Los dos la miraron aterrados y entonces María se levantó. Sangraba mucho pero se puso seria y lo dijo:
—Me habéis traicionado y he decidido morir. Dejadme.
—¿Traicionado? ¿En qué?
—Ayer noche fui a la huerta a por hierbabuena y lo vi.
—¿Viste el qué?
—Las vainas.
—¿Qué vainas?
—Las de guisantes, hijos de puta.
Entonces los chicos se dieron cuenta de que toda aquella sangría era porque María odiaba los guisantes y los había visto en su huerta. María hacía cosas así, pero no era mala tía. Hay que aprender a querer a los bipolares, en su fase manía son muy divertidos.
—Joder, María, exageraciones las justas —dijo Andrés.
—Eso, puta zorra desubicada — zanjó Isla.
Dedicado a mis amigos Andrés Rivero e Isla González por llamarme siempre desde el cariño y el respeto: “Puta zorra desubicada” y plantar guisantes malditos entre otras lindezas. Os quiero.

Fotografía: Marta Flors Colomer