Mayo - María von Touceda
Un diseño inquietante
La abuela de Antonio siempre ha sido muy presumida. Recuerdo sus manos arrugadas, con las uñas de un impecable rojo pasión pelando naranjas para él. Antonio siempre me contaba que recordaba esa fruta caliente de las manos de su abuela. La madre de Antonio también llevaba siempre las uñas pintadas de rojo a juego con sus labios. Recuerdo también ir a su casa por la mañana y encontrármela ya con la boquita pintada. Creo que jamás la he visto sin carmín. Antonio les pintaba las uñas a su madre y a su abuela. Lo hacía desde muy pequeño y tenía un gran talento para la manicura. Su madre estaba advertida por su marido de que no le dejase a Antonio pintarle las uñas, que eso era cosa de chicas y que pudiera ser que así se volviese maricón. Ante este aviso la madre de Antonio decidió no permitir a su hijo innovar en el campo de la manicura y hacerlo de manera automática como quien lava un coche. Ese era el argumento que utilizaba su madre, que de esta manera automática no se trataría de un ejercicio amanerado.
Conocí a Antonio en el instituto. Se trató más bien de un encuentro de hormonas en explosión. Un fogonazo de pasión tras una buena sudada en clase de gimnasia nos hizo amigos con derecho a roce y fumadores recíprocos. Nunca nos saltábamos este orden, era sagrado. Creo que una noche, no recuerdo muy bien, hicimos un pacto de sangre sobre este asunto. Creo también que esa misma noche nos dijimos “te quiero”, pero como estábamos borrachos no tuvo mayor relevancia. Yo iba mucho por su casa a hacer los deberes, a follar y a fumar. Un día, haciendo unos ejercicios de dibujo técnico, se fijó en mis uñas al agarrar el compás. Estábamos muy fumados y me pidió por favor que le dejase pintarlas. Busqué en mi bolso una laca negra que había robado en un chino hacía meses y se la di.
- ¿Negras? No puede ser. Espera, ahora traigo la laca roja de mi abuela.
Y así fue, vino y me pintó las uñas al igual que lo hacía con su madre y su abuela. Me las miré y las vi como muy formales así que agarré la pintura negra y le mandé a Antonio que pintase encima de las uñas rojas unos puntitos negros, como si de una mariquita se tratase.
La manicura quedó perfecta. Antonio me desnudó. Mientras me observaba, hizo unas fotos de las uñas sobre mi cuerpo. Cuando dejó la cámara sobre la mesilla, me folló a lo bestia. El mejor polvazo de mi adolescencia. Terminó el instituto y lo mío con Antonio también.
El otro día vi a su madre en Hacienda, llevaba los labios de rojo pasión y las uñas de mariquita, me miró y sonrió al verme a mí las uñas igual. Le pregunté por Antonio y me dijo que estaba casado y con dos hijas y que tanto su mujer como las niñas, la abuela y ella llevaban siempre las uñas así y que era Antonio quien se las pintaba a todas.
- Un diseño inquietante para su padre- me dijo- pero ahora que Antonio ya tiene hijas sabe que aunque haga estas cosas no es…
- ¿Maricón?- rematé mientras me acordaba de mis uñas mariquitas clavadas en la espalda de Antonio, cuando me follaba como un animal.

Fotografía: Marta Flors Colomer