Marzo - María von Touceda
Cuando era mayor
“Mi abuela ha sido muy golfa” decía la jonki pelirroja mientras preparaba unos chutes de caballo. Era el mal y yo lo sabía, todos los de aquella mugrosa habitación llena de colchones sucios lo sabíamos.
Gertudris von Fisher había sido una niña que había vivido la guerra, había aprendido salir de la miseria a base de mentir y traficar. Desde pequeña había sido una gran aficionada al café, al tabaco y al oporto.
Gertrudis era una flor roja, como la amapola, como su nieta. Eran pelirrojas, eran el mal y todos lo sabían. Gertrudis de joven fue muy lista, de esas rosas con espinas a las que nadie alcanza y todos admiran. Y qué bien va todo cuando se admira al mal.
Cuando era mayor, Gertrudis se encontró con un nivel de vida acomodado gracias a todos los ahorros que había acumulado con sus diversos negocios estraperlistas. Era viuda de tres hombres y no perdonaba su café, ni su oporto. Se pasaba todo el día recortando revistas y telas viejas para realizar luego pequeños y curiosos collages con escenas de la vida de unas monjas imaginarias llamadas sor Socorro y sor Auxilio. Gertrudis tenía nueve nietos de sus cuatro hijas entre ellas la pelirroja la cual contaba esta historia.
Los chutes estaban hechos, la nieta de Gertrudis los repartió y todos nos pusimos.
Gertrudis amaba a sus nietos y le encantaba que estos recortasen con ella las revistas mientras bebían un poco de oporto o de café. Todos los hijos y nietos de Gertrudis habían empezado muy pronto a beber café. La abuela siempre hablaba de las bondades del café y de cómo este había alimentado siempre su inteligencia para dar de comer a toda su familia.
Dicen que Gertrudis también era puta. Su nieta lo negaba con la cabeza mientras se desataba un cordón fucsia del brazo. Con la chuta entre los dientes pronunciaba un: “Mi abuela nunca fue puta”, proseguía ya con la boca libre diciendo “... pero era muy golfa”.
Nadie escuchaba ya la historia de Gertrudis, todos estaban puestos dando “ascopena” encima de aquellos colchones mugrientos.
“Te lo estás inventado todo”, dijo un chico mientras el tocaba la melena a la pelirroja.
“Claro, nuestra vida es una mierda. Cuando era mayor mi abuela no tenía para café ni para oporto.”, dijo la nieta de Gertrudis antes de escupir al chico.
Era el puto mal. Me fui a robar un paquete de café y una botella de oporto.

Fotografía de Marta Flors Colomer