Enero - María von Touceda
Ahora mismo ya pasó
Tenía mucho tiempo para mirar por la ventana, no es que no tuviese que hacer cosas, es que las hacía todas juntas para darse el lujo de poder mirar por la ventana. Pasaba muchas horas así. No sabría decir si le gustaba o lo hacía por necesidad. Necesidad de ver más allá de lo que tenía delante.
A través de aquel cristal sucio veía los verdes prados, las ovejas y la montaña al fondo. Más cerca había unas ortigas que tapaban sus plantas de marihuana y un compostero hecho con palés.
La vista no era siempre la misma, el clima cambiaba los colores. Los colores cambiaban su estado de ánimo. Su estado de ánimo cambiaba la vista.
Hacía frío en aquella casa. Un frío invernal. Él no lo sentía, tal vez sus manos sí, pero desde luego nunca se quejaba por ello.
Aquella mañana apareció un petirrojo. Estaba apoyado en el compostero. Le gustó la idea de tener a aquel visitante en el cuadro que mostraba su ventana.
El pájaro volvía todos los días, siempre que él estaba en la ventana. Un día casi reza porque le hablase, se sentía solo. Eran los colores del día, una gama de grises que lo entristecía, pero jamás lo harían llorar.
- Estoy así porque quiero - se decía.
Y así pasaban los días, solo en aquella casa con la única visita del petirrojo.
Un día apareció una chica, no era una desconocida, era una chica que lo quería mucho y él lo sabía. Mientras tomaba café le había cogido su sitio en la ventana.
- Ahí en ese compostero se pone siempre un petirrojo- dijo él.
- ¿Ah sí? A ver si lo veo.
La chica tenía más cosas que hacer, no estuvo el suficiente tiempo para ver la llegada del pájaro, pero sí tuvo tiempo de explicarle un par de cosas importantes a su querido amigo.
- No me gusta que estés tanto tiempo solo, deberías de llamar a tus amigos y salir más.
Él ocupó su sitio en la ventana y dejó que ella hablase. La escuchaba, sabía que tenía razón pero no quería dársela.
- Mira, mira, el petirrojo- gritó él interrumpiendo a la chica.
Ella siguió hablando como si nada y le explicó mil y una razones de por qué había ido a visitarlo. Notaba que él no le hacía caso, atendía a la ventana. Se acercó para mirar y no vio nada.
- ¿Y el petirrojo?
- Ahora mismo ya pasó.
Él se levantó, la hizo callar con un beso y le susurró:
- Te haré caso.
Ella no se esperaba ni el beso ni que el claudicara, así que estaba entre sorprendida y abrumada.
- Vámonos a ver el mar- le dijo.
Los dos se fueron de la casa y el petirrojo volvió a su sitio.
Cuando se alejaban en coche, ahora ya besándose sin tapujos, él pensó en el petirrojo.
Entonces fue cuando ella, al verlo despistado le dijo:
- Ahora mismo ya pasó.
Él se rió porque le había leído la mente e intentó recordar cuanto tiempo hacía que no se reía. Era mucho ya, el suficiente para empezar a compartir su vida con alguien más que aquel maravilloso petirrojo.

Dibujo: María Maquieira